
La brisa suaviza el rostro de la memoria melancólica,
por el insigne altar del final, como meta del ser;
remeciendo las entrañas, enmudeciendo la boca,
susurrando que no siempre "querer es poder”.
El césped está silencioso con tantos muertos en pie
Mientras la mirada de ellos se fija en una sola cosa;
En la irónica decadencia del final, porque del vientre
Puede sentirse que la escalofriante ida es morbosa.
Más aun cuando se padece del lugar más vivo.
Las secuelas del gran viaje nunca marchitan,
Y de eso son testigos estos muertos que ahora lloran,
No por sufrimiento de lo perdido, sino,
De la fiel y amenazadora imagen de su destino.

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